2Cor 5,14
Casa Madre y Curia generalizia: Calle Manfredi, 224 – 30015 CHIOGGIA (VE) Tel. 041 5500670; fax 041 5509875; E-mail: info@servemariachioggia.org
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Emilio Venturini nace en Chioggia el 9 de enero de 1842, quinto de nueve hijos, de Tommaso Venturini y Maria Santina Voltolina.
El padre tiene, afortunadamente, una relación limitada con el mar; precisamente en el año de nacimiento de Emilio logra hacerse cargo de un negocio que le permite evitar largas ausencias de casa y mejorar la economía familiar, ofreciendo además a sus hijos la oportunidad de una educación escolar.
La madre, ama de casa completamente dedicada a la familia, es recordada en un testimonio del hijo como una «mujer de grandes virtudes cristianas entre las cuales destacaban una mansedumbre y dulzura más única que rara y una paciencia que no tuvo límites».
El joven Emilio crece así respirando un aire de vocación al amor y a la caridad: Tommaso y Maria Santina poseen de hecho esas virtudes distintivas de las familias que, en un contexto social marcado por precarias condiciones de vida, han experimentado sacrificio y sufrimiento y, precisamente de la maduración de estas experiencias, han obtenido una mayor unión familiar y una más elevada sensibilidad a las necesidades de los demás.
Después de haber asistido a las tres clases de la “escuela primaria mayor municipal” Emilio decide continuar los estudios inscribiéndose como estudiante externo en la escuela de humanidades del seminario episcopal.
Son estos los años en los que su bondad natural, unida a la educación recibida, a su formación humanística y a su fe sólidamente arraigada, lo llevan a madurar su elección de vida: conquistado por el ideal de San Felipe Neri basado en la caridad y la alegría cristiana, además de una alta espiritualidad, Emilio el 25 de abril de 1858 entra con entusiasmo en la congregación del oratorio filipense de Chioggia, vistiendo el hábito al año siguiente a la edad de diecisiete años. Se ha escrito: «Fue el Neri quien penetró toda su alma, fueron los excelentes padres de la Congregación quienes lo veían crecer con la mente fija en la contemplación de los divinos misterios, asiduo a la oración, devoto de María, enamorado de los sacramentos, de modo que, embriagado por el Espíritu, se podía conocer cuán lleno estaba de fe, de esperanza y de santo amor».
Su camino de preparación teológica va de la mano con su viva adhesión a las actividades asistenciales y recreativas de la comunidad filipense. Las crónicas de aquellos tiempos recuerdan su diligente compromiso en las tareas que se le asignaron: Emilio se dedica a la asistencia de los hermanos enfermos, ayuda donde se necesita, es cronista de la congregación desde 1863 hasta 1891.
Terminados los estudios de teología es admitido con honores primero a las órdenes menores y luego a las mayores culminando en el sacerdocio; es ordenado sacerdote, con dispensa de la Santa Sede debido a su joven edad, con solo veintidós años el 24 de septiembre de 1864.
El padre Emilio se revela desde el principio como un sacerdote intensamente comprometido en su actividad educativa y pastoral en la comunidad y en el seminario, pero también profundamente sensible a la realidad social de su ciudad.
En pleno respeto del ideal filipense inspirado en el amor al prójimo y la primacía de la caridad, se pone al servicio de los más pobres, de los marginados, de aquellos que, inmersos en la cotidianidad de su sufrimiento, necesitan ser educados en la fe y sentir la presencia de Cristo en medio de ellos.
Tiene para todos palabras de consuelo y esperanza: convencido de que también el escribir y las dotes oratorias, para quien debe ser socorrido en el alma más que en el cuerpo, pueden ser una forma de apostolado de gran utilidad, con sus prédicas caracterizadas por un estilo simple e inmediato, carente de cualquier artificio retórico, busca hacer el bien espiritual en todas partes. La supresión por parte del gobierno, en 1868, del oratorio, reabierto luego en 1883, no desanima la acción caritativa del padre Emilio que, al contrario, se hace más fuerte y tenaz; en su dirigirse hacia los últimos por las calles y entre los callejones, su mirada se detiene en particular en la situación de precariedad y grave malestar en la que se ve obligada la mayor parte de la juventud de Chioggia.
Se dedica así a la instrucción y formación espiritual de los niños que reúne en la iglesita de San Martino en Chioggia y trata de dar solución al problema de las niñas huérfanas o abandonadas, expuestas continuamente a peligros y riesgos de una vida vivida en la calle.
La intención del padre Emilio es la de crear una casa de acogida en la que estas jóvenes vidas puedan crecer rodeadas de serenidad y amor.
La Providencia lo ayuda poniéndole al lado en la realización de este proyecto a la maestra Elisa Sambo, una mujer animada por una gran fe y fuertes convicciones cristianas.
De joven ella había decidido dedicar su vida al Señor entrando como religiosa entre las “Hijas de María SS. Dolorosa” en el convento de Santa Catalina, después del cierre del cual había continuado, en armonía con la Palabra del Evangelio, su camino de caridad hacia los demás.
Ahora, en perfecta sintonía espiritual con Venturini, ofrece a sí misma y su casa al cuidado de las primeras huérfanas: la pequeña institución, puesta bajo la protección de San José, es consagrada el 19 de marzo de 1871 y denominada “Instituto de las huérfanas de San José”.
En 1873, dado el continuo aumento del número de las pequeñas solas y necesitadas, el padre Emilio y la madre Elisa logran adquirir con grandes esfuerzos y sacrificios una casa más espaciosa y acogedora en Calle Manfredi; el 19 de marzo de ese año nace además, dictada por la necesidad, una comunidad religiosa que apoye a la madre Elisa en su labor, la nueva congregación de las “Hijas de María SS. Dolorosa”.
El padre Emilio sintetiza así la espiritualidad de las nuevas religiosas: “Deben estar llenas de la caridad de Cristo, deben vivir solo para las huérfanas acogidas, por ellas trabajar, pedir limosna y morir por ellas. Deben principalmente mantenerse entre ellas en paz y caridad, dar continuos ejemplos de virtud a las huérfanas para las cuales, como el profeta Eliseo, deben hacerse pequeñas para darles la vida espiritual”.
El Instituto de San José crece así en la caridad, signo que distingue y une a los hijos de Dios, en la total dedicación al prójimo y en la gran devoción a María, en particular en su imagen de Mater Dolorosa, de mujer fuerte y valiente que a los pies de la cruz, en un momento de extrema sufrimiento, no dudó en hacerse continuadora de la obra de redención iniciada por el Hijo.
A pesar de ello, el servicio activo y perseverante de la pequeña comunidad y de su fundador conoce pronto tensiones y dificultades: las reglas filipenses prohibían a los padres la dirección de cualquier institución; rechazada la petición de dejar todo aquello por lo que tanto había sufrido y trabajado y que solo ahora empezaba a dar sus frutos, el padre Emilio es excluido de su congregación oratoriana.
Ante tanta amargura, un rayo de consuelo y alegría le llega, antes de apagarse el primero de diciembre de 1905, de la expansión del Instituto más allá de los límites de la ciudad con la apertura de una casa filial en Pellestrina.
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